En política, las palabras suelen ser herramientas de construcción, pero en ocasiones se convierten en armas de una desconexión alarmante. Las recientes declaraciones del presidente de la República, Santiago Peña, sobre la “economía del bolsillo” de las familias paraguayas, no solo resultan desatinadas; representan una afrenta a la realidad de miles de hogares que hoy luchan por no hundirse en la precariedad.

El canciller taiwanés Lin Chia-lung, durante una conferencia de prensa con periodistas paraguayos en Taipéi, explicó que Taiwán tiene todo para convertirse en un socio estratégico de Paraguay en áreas fundamentales como la ciberseguridad, la movilidad eléctrica y la inversión tecnológica.
Como padre de tres hijos pequeños y periodista con una mirada crítica sobre la realidad, hay algo que me inquieta cada vez que piso un supermercado. No se trata de los precios ni de la calidad de los productos. Es una preocupación más sutil, pero a mi juicio, profundamente insidiosa: las máquinas “agarra peluches”.
En el corazón de un país donde la salud pública se desangra lentamente, la educación agoniza en el abandono y la falta de medicinas transforma los hospitales en lúgubres antesalas de la muerte, el Gobierno, atrapado en una amnesia insólita, impulsa desde el Congreso la compra de aviones de guerra.
Mientras un grupo de legisladores surca las aguas del Potomac, deleitándose con lujos inmerecidos, nuestros compatriotas se debaten en la precariedad económica. La ironía resulta lacerante: mientras unos se adueñan de pingües beneficios, otros luchan por acceder a los servicios básicos. Esta disparidad entre la opulencia de unos pocos y la penuria de la mayoría revela una sociedad profundamente enferma.
