Estamos dentro del Sermón de la Montaña, que es un sólido resumen de los valores cristianos, es como el ADN espiritual de un seguidor de Jesucristo. Dos domingos atrás el Señor nos enseñó las bienaventuranzas, el domingo pasado nos dio la misión de ser sal y luz del mundo, y hoy toca este asunto extremadamente desafiante: el adulterio.
Es esencial en la vida de una persona elegir valores auténticos, de modo que pueda disfrutar de una felicidad verdadera, además de desarrollar sus talentos y colaborar con el progreso de la sociedad. Sin embargo, alrededor de cada uno hay falsos valores, que son trampas bien tendidas, zancadillas de maligno atractivo, listas para engatusar sin piedad. Los que caen en sus garras pagan un doloroso precio. Llamemos esto de materialismo insaciable, de individualismo neurótico, de hedonismo despistado o de ideología embaucadora.
Cuando Juan Bautista vio a Jesús acercarse para recibir el bautismo, exclamó: “Este es el Cordero de Dios, que quita el pecado del mundo”. Estas palabras manifiestan una realidad punzante de la vida humana: el pecado existe, porque alguien lo comete, pero puede ser quitado con nuevas actitudes.
