Es esencial en la vida de una persona elegir valores auténticos, de modo que pueda disfrutar de una felicidad verdadera, además de desarrollar sus talentos y colaborar con el progreso de la sociedad. Sin embargo, alrededor de cada uno hay falsos valores, que son trampas bien tendidas, zancadillas de maligno atractivo, listas para engatusar sin piedad. Los que caen en sus garras pagan un doloroso precio. Llamemos esto de materialismo insaciable, de individualismo neurótico, de hedonismo despistado o de ideología embaucadora.
Cuando Juan Bautista vio a Jesús acercarse para recibir el bautismo, exclamó: “Este es el Cordero de Dios, que quita el pecado del mundo”. Estas palabras manifiestan una realidad punzante de la vida humana: el pecado existe, porque alguien lo comete, pero puede ser quitado con nuevas actitudes.
Celebramos hoy la fiesta de la Sagrada Familia de Nazareth: al inicio era María y José unidos, respetándose y luchando para ser fieles a Dios. En seguida nace el niño Jesús, el Príncipe de la Paz, que vino al mundo en un pesebre, para enseñarnos que la austeridad de vida revela una extraordinaria belleza, que no se percibe en la opulencia.
