Hace apenas quince días, el ahora exministro de Economía Carlos Fernández Valdovinos salió ante las cámaras a decir que no abandonaría el barco. Habló de “economía de guerra”, de ajustar cinturones, de un plan de pagos para saldar las deudas con farmacéuticas y vialeras. “Al país le va bien, al Fisco no”, había sentenciado con la solemnidad de quien cree que sus palabras pueden sustituir los números.
En la política paraguaya existe un vicio tan arraigado que ya casi nadie cuestiona: medirse siempre hacia atrás. El propio presidente Santiago Peña describió sus primeros 30 meses como una etapa de “siembra” en un “terreno destruido en periodos anteriores”, dejando implícito que la vara para medirlo son sus predecesores. Pero es una vara equivocada.

Donde cada paisaje parece pintado con acuarela y cada atardecer susurra una samba contra la tristeza. Río de Janeiro, conocida como la “Ciudad Maravillosa”, es un poema vivo, una acuarela de colores, olas y montañas que se abrazan al mar y sigue consolidándose como uno de los destinos más atractivos del planeta.
Hay una forma silenciosa de negarle a un paciente su tratamiento. No hace falta una orden expresa ni un recorte presupuestario declarado. Basta con exigir un papel más. Desde enero de este año, ningún hospital público puede emitir una orden de compra de medicamentos sin antes obtener un Certificado de Disponibilidad Presupuestaria, el llamado CDP. El Ministerio de Economía lo presenta como una medida de transparencia. En los pasillos de los hospitales, lo que se siente es otra cosa.
El secuestro de Almir de Brum, ocurrido el 21 de febrero de 2026 en la zona rural entre Canindeyú y Caaguazú, no es solo un crimen más en la larga lista de acciones del Ejército del Pueblo Paraguayo (EPP). Es un síntoma alarmante de algo mucho más profundo y peligroso: la normalización del terror en nuestra sociedad.
El Partido Colorado lleva décadas gobernando Paraguay con puño de hierro y, paradójicamente, con puños cerrados entre sí. Casi 70 años ininterrumpidos –salvo el breve paréntesis de Lugo– y el resultado es el mismo: un país que avanza a paso de tortuga mientras sus líderes se enzarzan en peleas de egos, facciones y revanchismos que parecen no tener fin.
