Aspidoscelis: la extraordinaria vida de las lagartijas que no necesitan machos

Lagartija.
Lagartija.Shutterstock

En un rincón del sudoeste estadounidense, lagartijas sin machos desafían las reglas de la biología. Este fenómeno de reproducción asexual no solo intriga, sino que revela estrategias de supervivencia que podrían revolucionar nuestras ideas sobre la evolución y la conservación.

En los matorrales del sudoeste de Estados Unidos y el norte de México vive una paradoja biológica que intriga a la ciencia desde hace medio siglo: poblaciones enteras de lagartijas sin machos. Son especies del género Aspidoscelis (antes Cnemidophorus), conocidas como whiptails, y se multiplican por partenogénesis, un modo de reproducción en el que las hembras generan crías viables sin ser fecundadas.

A veces se las llama “lagartijas lesbianas”, un apodo llamativo que no hace justicia a lo que realmente ocurre: no se trata de orientación sexual, sino de una ingeniería evolutiva exquisita que combina clonación, hibridación y conductas que sustituyen la función del apareamiento.

Clones con historia híbrida

La mayoría de las especies partenogenéticas de Aspidoscelis —como A. neomexicana y A. uniparens— nacieron de cruces entre especies emparentadas que sí tenían sexos.

Lagartija, Aspidoscelis neomexicanus.
Lagartija, Aspidoscelis neomexicanus.

Esos cruces interspecificos, a menudo entre A. inornata, A. tigris y otras, generaron linajes con combinaciones cromosómicas novedosas, en algunos casos con duplicaciones (diploidías y triploidías) que alteraron la meiosis. El resultado: hembras capaces de producir huevos diploides que no requieren espermatozoides.

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A diferencia de la clonación de laboratorio, donde se transfiere un núcleo a un óvulo enucleado, estas lagartijas “duplican” su genoma antes de la división meiótica o usan variantes de automixis que minimizan la recombinación.

Así preservan gran parte de la heterocigosidad original del híbrido, una ventaja porque mantiene diversidad funcional dentro de un linaje que, en principio, es clonal. Las mutaciones que van surgiendo con el tiempo, además, abren la puerta a la diversificación de linajes y a cierta capacidad de adaptación.

Este origen híbrido explica un aparente contrasentido: ¿cómo prosperan sin la baraja genética que ofrece el sexo? En ecosistemas variables, estos linajes pueden colonizar rápido: una sola hembra puede fundar una población. Su éxito ecológico se ha documentado en hábitats áridos y perturbados, donde la reproducción continua y la ausencia de costos de búsqueda de pareja se traducen en más puestas por temporada.

Cuando el sexo no es sexual

El rasgo más desconcertante de estas lagartijas, y el que alimentó titulares sensacionalistas, es que las hembras “montan” a otras hembras. La escena parece un cortejo típico: persecución, sujeción y cópula simulada. Pero no hay intercambio de gametos ni fecundación. ¿Para qué, entonces?

Lagartija, Aspidoscelis gularis.
Lagartija, Aspidoscelis gularis.

Experimentos de laboratorio y observaciones de campo, iniciados en la década de 1970 y extendidos hasta hoy, muestran que estas conductas pseudosexuales tienen una función fisiológica: aumentan la ovulación y sincronizan los ciclos hormonales del grupo.

Cuando los niveles de estrógeno son altos, una hembra adopta el rol receptivo; cuando la progesterona se eleva tras la ovulación, la misma hembra puede exhibir conductas “masculinas” de monta. Este bucle hormonal, disparado por el contacto social, eleva la probabilidad de que más hembras ovulen a la vez y maximicen el número de huevos por estación.

En estudios controlados, hembras mantenidas en parejas o grupos produjeron más huevos que las aisladas. En términos evolutivos, la conducta compensa la ausencia de machos al conservar la parte “útil” del apareamiento: la sincronización reproductiva. Es una solución elegante a un problema creado por su propia biología.

Genes, límites y resiliencia

La clonación tiene costos. Con poca recombinación, los linajes clonales pueden acumular mutaciones perjudiciales (la “trinquete de Muller”) y responder peor a patógenos emergentes.

Sin embargo, la historia de Aspidoscelis sugiere estrategias de mitigación: la herencia de alta heterocigosidad originada en la hibridación, ocasionales eventos de re-hibridación que dan lugar a nuevos linajes, y una ecología que favorece la reproducción rápida en entornos impredecibles.

No todas las especies partenogenéticas son iguales. Algunas son diploides, otras triploides; algunas exhiben más recombinación que otras; los ciclos de puesta y la longevidad varían con el sitio y el clima. Ese mosaico convierte a estas lagartijas en un sistema modelo para estudiar cómo la naturaleza desafía los supuestos de que “más sexo siempre es mejor”.