A quince años de la partida de Alfredo Seiferheld

El pasado martes se cumplieron los quince años del fallecimiento de Alfredo Seiferheld, historiador y periodista que dejó tras de sí una obra importante en ambos campos, a pesar de haber muerto cuando sólo contaba con treinta y siete años de edad.

Desde la izquierda, don Enrique Bordenave, periodista y editorialista de ABC Color desde su fundación en 1967; el joven historiador Alfredo Seiferheld, colaborador en El Suplemento Cultural de ABC Color desde 1975; y el jurista y catedrático Dr. Jerónimo Irala Burgos. ARCHIVO DE ABC COLOR.
Desde la izquierda, don Enrique Bordenave, periodista y editorialista de ABC Color desde su fundación en 1967; el joven historiador Alfredo Seiferheld, colaborador en El Suplemento Cultural de ABC Color desde 1975; y el jurista y catedrático Dr. Jerónimo Irala Burgos. ARCHIVO DE ABC COLOR.

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Pero el rigor y la disciplina que observó siempre, en todos los momentos de su vida, le permitieron sobresalir tanto como historiador como periodista. Seiferheld nació en Villarrica el 26 de julio de 1950. Sus estudios primarios los cursó en las escuelas Bolivia, Sarmiento y Normal No 2. Sus estudios secundarios fueron en los colegios Carlos A. López, Nacional e Instituto Americano. Se graduó de Bachiller en Ciencias y Letras con medalla de oro. Luego ingresó a la Facultad de Filosofía de la Universidad Nacional de Asunción, donde obtuvo su licenciatura también con medalla de oro y terminó doctorándose en Historia. También realizó estudios en la Sorbona, en París.


HISTORIA Y PERIODISMO

En 1975 comenzó a colaborar con el Suplemento Cultural de nuestro diario, con artículos sobre filatelia. Ese mismo año, parte de esos artículos se convirtieron en un libro: “Correos y sellos paraguayos” y al año siguiente, apareció otro: “Filatelia, afición sin barreras”.

Era evidente que la filatelia no le interesaba con esa obsesión desmedida que suele caracterizar a los coleccionistas. Los sellos de correos le interesaban como parte de algo más amplio, como parte de esa historia en la que él iba entrando como investigador y como protagonista. Sí sentía una obsesión desmedida por hurgar en los hechos, conocer gente a la que interrogaba con curiosidad casi ingenua.

No hay que extrañarse de que en nuestro país, donde se habla tanto de historia, en realidad existan muy pocos historiadores. Uno de los motivos quizá sea que la gente carece de dos elementos fundamentales para serlo: disciplina en el trabajo e interés en la investigación. Muestra de ello es la larga serie de entrevistas que fue publicando en la revista dominical de nuestro diario, bajo el título de “Cómo viven hoy” (1979-1982). Una selección de estas entrevistas fueron luego publicadas en 1987 con el nombre de “Diálogos político-militares”.
Él no se podía explicar cómo era posible que estuvieran todavía vivos los protagonistas de la Guerra del Chaco y de otros momentos transcendentales dentro de la vida política del país y nadie demostrara el más mínimo interés en conversar con ellos, en preguntarles cómo sucedieron los acontecimientos, qué papel les tocó jugar. En pocas palabras, le asombraba que nadie se preocupara por recoger los testimonios que son de importancia singular para escribir un día la historia reciente de nuestro país.

Alfredo Seiferheld habrá atisbado, sin lugar a dudas, que en esa labor de recopilar datos a partir de los propios protagonistas de los hechos había mucho de subversivo. Durante la larga dictadura hubo una historia oficial, inventada y acomodada al gusto del sistema, creándose héroes, tergiversando los acontecimientos, de modo que los resultados pudieran favorecer la línea ideológica que se había trazado, justificando las decisiones que se habían tomado y sirviendo de soporte al nacionalismo de contenido fascista que se observaba y se hacía observar con todo rigor.

Aunque nunca lo manifestó abiertamente, estaba convencido de que sus investigaciones históricas eran molestas para el aparato oficial. Prueba de ello es que, al ser clausurado nuestro diario, por una orden de Stroessner y ejecutada por el entonces ministro del Interior, Sabino Augusto Montanaro, el 23 de marzo de 1984, Alfredo Seiferheld encajonó miles de documentos, todo su archivo y lo escondió en lugar seguro, muy seguro, allí donde la policía de Pastor Coronel no podría entrar nunca a buscarlo. Como resultado quedaron no sólo páginas y páginas de entrevistas, sino también muchas horas, muchísimas, de cintas grabadas que nunca fueron traspuestas al papel por falta de tiempo, falta de dinero, falta de voluntad de recuperar un patrimonio documental de singular riqueza y notable valor para poder entender mejor el presente y adelantarnos a aquello que está por ocurrir.

Si bien comenzó a colaborar con frecuentes artículos en nuestro diario desde 1975, en realidad se incorporó oficialmente como periodista y editorialista el 15 de julio de 1980. Por lo menos es lo que dice su ficha, que aún se conserva en una antigua carpeta al lado de otros nombres que dieron tanto por el país y que, quizá por haber vivido de manera tan apasionada y rápida, consumieron tempranamente el fuego de la vida, como René Dávalos, que murió en 1968; Francisco Talavera, en 1987; Fernando Cazenave, en 1994; José Antonio Gómez Perasso, en 1994, y Jorge Aguadé, en 2002.

Además, ejerció la corresponsalía de Time-Life y de la agencia internacional The Associated Press.

La observación metódica de su trabajo y la utilización racional del tiempo le permitieron eso que le llamó la atención a Enrique Bordenave: “Fue una de esas pocas personas que tienen tiempo para todo”.
Porque además de dedicarse al periodismo, la investigación y a escribir libros, Alfredo Seiferheld fue también Miembro de Número de la Academia Paraguaya de la Historia, Académico Correspondiente de la Real Academia de la Historia de Madrid (España); fue miembro del Instituto Paraguayo de Estudios Geopolíticos e Internacionales, así como del Instituto Sanmartiniano del Paraguay.

Alfredo Seiferheld murió el 3 de junio de 1988.
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