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Era el momento propicio, pues el gigante Thiazzi acababa de salir a pescar en su bote de remos. Con su agudo ojo de halcón, Loki iba barriendo la brillante agua del mar, hasta que vio a Thiazzi allá abajo, dormitando agarrado a su caña de pescar. Volvió su mirada hacia la tierra y observó un cierto resplandor brillante en las almenas del castillo del gigante. Tal señal solo podía corresponder a Idunn. El halcón maniobró en el firmamento más rápido que la luz y vino a aterrizar sobre una tronera, donde Idunn se inclinaba para mirar, con suprema añoranza, a través del mar, hacia donde las brillantes torres de Asgard agujereaban las nubes. Ella emitió un grito de sorpresa cuando el halcón se detuvo casi a su lado, y casi deja su cestillo de manzanas.
—¡Soy yo, Loki!—susurró el pájaro. La hija de Thiazzi, Skadi, que había bajado de su residencia en las montañas para vigilar a Idunn, afortunadamente en ese instante estaba dando un paseo justo por el otro lado de la almena, de forma que nada podía ver.
—¡Escúchame rápidamente, Idunn! —dijo Loki—. Voy a conver- tirte a ti y a tus manzanas en una nuez... Luego te agarraré y te llevaré a Asgard. ¡No temas!
Dicho y hecho. Con la nuez entre sus garras, Loki zumbó firmamento arriba, y enfiló hacia el mutuo hogar. Pero en aquel momento Skadi volvía de su paseo por el otro lado de las almenas, y comprendió en el acto que, por medio de algún sistema mágico, su prisionera se evadía del castillo. Viendo a su padre, que estaba pescando a un par de millas de la costa, se desató el largo y blanco velo que llevaba encima y lo agitó frenéticamente para llamar su atención. Pasó un buen rato antes de que Thiazzi saliera de sus ensoñaciones. Al ver cómo el velo ondulaba hacia atrás y hacia adelante, comprendió que algo andaba mal, echó la caña de pescar al fondo del bote y, con el sedal todavía arrastrando detrás, se encaminó, remando como un loco, hacia la orilla.
Skadi se dirigió a gritos a su padre desde las murallas. Le señaló una manchita en pleno cielo, sobre el océano, a mitad de camino ya de Asgard. Gritaba:
—¡Un halcón se ha llevado a Idunn!
Thiazzi se precipitó al castillo, buscando con la mirada la percha donde tenía colgado su traje de águila.
En su puesto de guardia de Asgard, Heimdall vio a lo lejos un halcón que volaba sumido en el pánico aproximándose recto y veloz como una flecha hacia las murallas, mientras no lejos de él venía un águila gigantesca. El Vigilante dio la alarma y los dioses se agolparon en las almenas. El halcón se esforzaba lo posible, pero Freya, la dueña del traje mágico, sabía que tal velocidad tenía un límite. Retorciéndose las lindas manos, gritaba:
—¡El traje de águila de Thiazzi es mayor y más rápido que mi piel de halcón! ¡Thiazzi acabará atrapando a Loki!
Tyr fue el único que mantuvo la cabeza fría en aquellos instantes y gritó:
—¡Vamos, haced un buen montón de virutas de madera! ¡Frey, Balder, ayúdenme!
Los jóvenes dioses reunieron virutas, procedentes del taller de carpintería, y formaron una enor- me pila al pie de las murallas de Asgard.
El halcón se hallaba ya a menos de un kilómetro, pero el águila estaba tan cerca que empezaba a echar las garras hacia adelante para capturar su presa. Las murallas de Asgard constituían la meta final de la vital carrera, pero nadie podía estar seguro de quién ganaría la prueba. Fuera, bajo las murallas, los Ases esperaban conteniendo la respira- ción. Tyr prendió una antorcha, y la sujetaba en la mano.
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Sobre el libro
Título: Colección trotamundos
Editorial: ARRAYAN