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Durante mucho tiempo, la formación profesional fue vista como un beneficio adicional o una ventaja competitiva discreta. Hoy, en cambio, se ha convertido en una necesidad urgente. En un mercado laboral dinámico, cambiante y cada vez más desafiante, la capacidad de adaptación no es solo una virtud: es una exigencia. Y en ese escenario, la capacitación ocupa un lugar central, tanto para el desarrollo individual como para el crecimiento organizacional.
“Las empresas más avanzadas ya no apuestan por entrenamientos generales, sino que diseñan procesos específicos, adaptados al perfil, al rol y a las necesidades puntuales de cada colaborador”, explica Paulo Yugovich, director ejecutivo de Jobs, firma especializada en gestión de talento humano. La personalización de la formación es uno de los cambios más significativos que se ha observado en los últimos cinco años, impulsada por la necesidad de generar resultados concretos y rápidos en contextos de alta competitividad.
Este giro estratégico en la forma de capacitar responde a una nueva lógica empresarial: formar ya no es un gasto, sino una inversión precisa para la productividad. Aunque aún persisten reticencias en ciertos sectores, especialmente en lo que se refiere a la permanencia del talento dentro de la empresa, el paradigma está cambiando. “A pesar de que muchas veces la gente se va, la empresa entendió que tiene que entrenar igual, porque necesita resultados. Y cuanta más gente esté capacitada, más opciones tendrá el mercado para responder con calidad”, agrega Yugovich.
Tecnología, idiomas y habilidades blandas: las más valoradas
En cuanto a los focos de formación, el abanico es amplio. Pero algunas áreas se destacan claramente por su impacto en el rendimiento diario. En el caso de las empresas multinacionales o de aquellas que exportan servicios, el inglés es una habilidad básica. “El idioma sigue siendo una puerta de entrada. Y junto con él, el dominio de herramientas digitales para el uso cotidiano, como Excel, PowerPoint o incluso Canva, se volvió indispensable”, señala.
Yugovich destaca también que ya no se trata solo de capacitar por capacitar, sino de hacerlo con intención. “Hoy lo que importa es que esa formación tenga un impacto concreto en el rol que desempeña cada persona, en su área específica. Por eso, los entrenamientos son cada vez más específicos, más personalizados, y alineados con los objetivos del cargo”, apunta.
Además del componente técnico, las llamadas “soft skills” —liderazgo, comunicación, trabajo en equipo, inteligencia emocional— siguen ganando terreno.
La razón es sencilla: en contextos de incertidumbre, la capacidad de adaptación, el pensamiento crítico y la resiliencia son cualidades tan valiosas como el conocimiento técnico.
La industria y la urgencia de capacitar
Uno de los sectores que más ha invertido en formación en los últimos años es el industrial. El ingreso de empresas extranjeras, principalmente de países como Brasil y Argentina, puso en evidencia ciertas carencias locales, especialmente en áreas como mecánica, electricidad industrial y manejo de maquinaria. La solución: capacitar intensivamente.
“Nos tocó llevar gente a capacitarse a Argentina, Brasil, Chile o Bolivia, para que luego vuelvan y se conviertan en entrenadores dentro de la empresa. Eso no solo eleva el nivel de la organización, sino que genera un efecto multiplicador para el mercado local”, comenta Yugovich.
Pero no se trata solo de adquirir competencias técnicas. La industria también demanda talento con pensamiento ágil, capaz de adaptarse rápidamente a los cambios y de entender las exigencias del entorno. Ese tipo de perfil es cada vez más buscado, y las herramientas de evaluación utilizadas por los departamentos de recursos humanos permiten identificarlo con más precisión.
¿Qué buscan hoy las empresas?
Si hay algo que el mundo laboral aprendió en los últimos años es que no basta con saber. También hay que querer aprender. Las empresas valoran perfiles con predisposición al aprendizaje, curiosos, flexibles, capaces de incorporar conocimientos nuevos y aplicarlos en la práctica.
“El perfil más buscado es el que puede dar resultados en el corto plazo, que se adapta rápido, que entiende el contexto y actúa con agilidad. Hay formas de medir eso, herramientas que usamos desde recursos humanos para ver cómo podría desempeñarse esa persona en un equipo, con un jefe, o dentro de una cultura organizacional determinada”, explica Yugovich.
Y en ese sentido, la universidad también tiene un rol clave. Para muchos jóvenes, el título sigue siendo una credencial de entrada, una validación que abre puertas y demuestra perseverancia. Según Yugovich, el 95% de las decisiones de contratación todavía se basan en que la persona cuente con un grado académico, y que provenga de una institución reconocida.
“Eso habla también del esfuerzo, de alguien que se propuso algo y lo cumplió. Es una base muy importante para luego desarrollarse profesionalmente”, remarca. Sin embargo, también reconoce que la formación técnica y especializada —a través de diplomados, posgrados o especializaciones— puede marcar una diferencia relevante en el desarrollo de carrera.
Educación como base, capacitación como impulso
El mercado paraguayo aún tiene desafíos por delante. Pero también cuenta con un ecosistema educativo cada vez más conectado con las necesidades del mundo laboral. Universidades tradicionales, tanto públicas como privadas, junto con otras instituciones técnicas que han ganado protagonismo, están aportando valor a la empleabilidad.
“La educación universitaria brinda una base interesante. Luego, el desafío está en cómo se aplica eso en el trabajo diario. Y si hay posibilidad de hacer un máster o una especialización, ese valor se multiplica”, concluye Yugovich.