Un plan, dos décadas y un desafío: ¿podrá el PND 2050 trascender al papel?

Según el doctor Borda, la experiencia reciente obliga a mirar con cautela el desempeño real de estos instrumentos.
Según el doctor Borda, la experiencia reciente obliga a mirar con cautela el desempeño real de estos instrumentos.

El Plan Nacional de Desarrollo Paraguay (PND) 2050 quiere ser el nuevo instrumento rector del sistema de planificación, con una visión país basada en cuatro pilares. La propuesta busca ordenar la participación ciudadana y alinear políticas públicas en el largo plazo, pero carga con los antecedentes de un PND 2030 de bajo cumplimiento. En este análisis, el economista Dionisio Borda reconoce la ambición técnica, pero advierte sobre su naturaleza burocrática, la débil apropiación social y la incertidumbre real sobre su implementación efectiva.

El Gobierno lanzó el Plan Nacional de Desarrollo Paraguay (PND) 2050 como el nuevo marco de referencia para orientar políticas públicas, presupuestos y prioridades de Estado durante los próximos 25 años. El documento presenta una arquitectura ambiciosa que abarca cuatro pilares de desarrollo, 16 objetivos estratégicos, 66 objetivos específicos y más de 500 acciones priorizadas, sostenidas por un sistema de indicadores destinado a dar seguimiento y medir avances en ciclos de Gobierno.

Sobre el punto, cabe destacar que su carácter es vinculante para el sector público e indicativo para el privado, lo que busca alinear a instituciones, empresas y ciudadanía en torno a una visión país de largo plazo.

El PND 2050 también se plantea como continuidad del PND 2030, aunque con una metodología más amplia de participación y con mecanismos de monitoreo más estructurados. En este punto emerge una primera advertencia del doctor Dionisio Bordaeconomista y exministro de Hacienda de dos gobiernos—: la necesidad de evaluar críticamente qué funcionó y qué no del plan anterior para evitar que esta nueva hoja de ruta quede, nuevamente, en el plano declarativo.

Participación, metodología y primera evaluación crítica

El proyecto fue elaborado a través de un proceso de construcción y validación que combinó talleres territoriales, encuentros técnicos y mecanismos digitales de consulta. El Ministerio de Economía y Finanzas (MEF) presentó este enfoque como un esfuerzo de cocreación nacional, destinado a otorgar legitimidad social al documento y asegurar que los desafíos y aspiraciones del país se reflejen en sus objetivos.

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Por ende, la estructura del plan prevé también un sistema de seguimiento con indicadores, tableros digitales y articulación con el Instituto Nacional de Estadística (INE) para generar datos consistentes, una respuesta a las carencias detectadas en procesos anteriores de planificación.

Sin embargo, esta arquitectura institucional no garantiza resultados por sí misma. Según el doctor Borda, la experiencia reciente obliga a mirar con cautela el desempeño real de estos instrumentos. Sobre el PND 2030, señala que “no tuvo los resultados esperados y presentó un bajo nivel de cumplimiento”, convirtiéndose en “una condición burocrática más” dentro del sector público. Su observación introduce una interrogante central: si el país fue incapaz de ejecutar un plan con metas a 2030, ¿qué condiciones deben cambiar para que uno aún más ambicioso pueda sostenerse en el tiempo?

Entre ambición técnica y limitaciones estructurales

Por otra parte, el PND 2050 incorpora elementos que, en teoría, fortalecen su estructura: una visión país más desarrollada, un número mayor de acciones estratégicas, un sistema de indicadores más robusto y un proceso participativo que busca sumar legitimidad territorial. También plantea una hoja de ruta que articula políticas sociales, productivas, ambientales e institucionales bajo un mismo marco de largo plazo. Sobre el papel, es un plan más completo y con una metodología más amplia que la del PND 2030.

Pero esa ambición técnica convive con interrogantes que el propio Dionisio Borda considera determinantes. El economista observa que el documento presenta “un largo relato burocrático”, donde la amplitud de los objetivos podría diluir prioridades y dificultar resultados concretos.

Cuestiona, además, la complejidad para medir la calidad de la participación territorial y el desafío de convertir esa participación en aportes verificables para la ejecución. Su posición es clara: “Dudo que el Plan tenga la prioridad del Gobierno”, afirma, aludiendo a experiencias anteriores en las que planes estratégicos “no han pasado de ser un documento más del Gobierno por exigencias internacionales”.

Gobernanza, financiamiento y condiciones reales

El proyecto concentra su capacidad de ejecución en tres frentes: la coordinación institucional, la asignación presupuestaria y el seguimiento técnico. El Ministerio de Economía y Finanzas sostiene que el plan debe orientar tanto las políticas sectoriales como el Presupuesto General de la Nación (PGN), articulando acciones y metas en ciclos de gobierno. En este punto, la visión del doctor Borda es central, para entender qué espera la comunidad técnica de un documento de largo plazo.

El Gobierno lo presenta como un instrumento rector del Sistema Nacional de Planificación. Su propósito es alinear las aspiraciones de la sociedad con las acciones públicas. La visión país contiene objetivos medibles y de implantación programada”, afirma Borda, destacando el ordenamiento conceptual del plan y su intención de orientar la acción estatal.

Sin embargo, advierte que la ejecución depende de demostrar prioridad política y consistencia fiscal, algo que no siempre ha ocurrido en procesos anteriores. Recuerda que varios planes estratégicos quedaron sin aplicarse de manera efectiva, muchas veces por falta de seguimiento o de decisiones concretas desde el Poder Ejecutivo. También subraya que, en esta etapa, el conocimiento público del PND 2050 es limitado, lo que dificulta construir la masa crítica necesaria para sostenerlo en el tiempo y traducirlo en acciones visibles.