¿A qué viene la sorpresa con Trump?

Donald Trump no le tiene apego a la verdad, pero nunca ha mentido en lo que respecta a sus intenciones.

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Por eso, resulta sorprendente la cantidad de personas que ahora muestra desconcierto por las agresivas acciones del presidente estadounidense desde que asumió el poder hace casi dos meses.

Tiendo a creer que dichas personas votaron por el republicano –extrañamente, muchas de ellas no lo admiten abiertamente–, porque creyeron que el retorno de Trump era una mejor alternativa a otros cuatro años de gobierno demócrata.

Abundan, también, los que no ejercieron el derecho al voto, no por ser trumpistas, sino a modo de castigo a un partido, el demócrata, que no logró convencer a pesar de que la economía (supuestamente el factor que más moviliza a los electores) gozaba de buena salud cuando Trump venció a Harris.

Hasta los votantes más jóvenes, tradicionalmente alineados con tendencias liberales, en esta ocasión favorecieron el movimiento MAGA que enarbola el actual mandatario; en especial, los hombres jóvenes parecen haber encontrado en el movimiento trumpista una reivindicación de sus aspiraciones.

Indudablemente, en esta ocasión Trump se impuso con holgada ventaja. Pero lo que llama la atención es que, desde que juró su cargo el pasado 20 de enero, aumenta el estupor entre muchos de los que apostaron por su retorno. Digamos que hay perplejidad, y también preocupación, por la celeridad con que el presidente y su entorno desmantelan el Estado.

Sin duda, la prioridad de su gabinete es cumplir a pie juntillas los deseos de un líder cuyo perfil se asemeja más al de un emperador que al de un estadista.

La autocensura se activa incluso en su círculo, con algunos de sus hombres más cercanos, como Elon Musk o J.D. Vance, desdiciéndose de cualquier opinión que discrepe con el presidente. Hoy por hoy, Trump está rodeado de aduladores que han ascendido no precisamente por sus aptitudes.

Basta con ver el escándalo que se ha desatado a raíz de un chat en el que funcionarios al más alto nivel compartían información confidencial sobre un inminente ataque contra los hutíes en Yemen, sin advertir que se había incluido en el grupo a un periodista de la revista The Atlantic.

Por mucho que Trump pretenda minimizar semejante fallo de seguridad, queda en evidencia la ineptitud de un gobierno con tendencia a la esquizofrenia política: Estados Unidos es ahora el valedor del dictador ruso Vladimir Putin y adversario de 26 (bajo Viktor Orban, Hungría es pro rusa) de los 27 miembros de la Unión Europea; por no hablar de Ucrania, cuyo presidente, Volodimir Zelenski, a estas alturas no sabe si su peor enemigo es Putin o Trump.

A partir de esta peligrosa bipolaridad que define al trumpismo, democracias amigas como Canadá y Dinamarca de pronto son blancos de ataques y de una enfermiza obsesión por fagocitarlas (Groenlandia es la niña de los ojos de Trump, Musk y Vance), en un alarde de apetito imperial por igualarse con las pretensiones retro zaristas del ocupante del Kremlin.

Vuelvo al desconcierto de quienes pensaron, eso esgrimen ahora, que Trump sería un mal menor comparado a otro periodo de mandato demócrata. Argüían que el precio de los huevos estaba por las nubes, la supuesta amenaza de una invasión de inmigrantes por la frontera con México y los peligros del “adoctrinamiento” woke, aparentemente desde el sector progresista, que podía acabar con el tejido “moral” del país.

Trump repitió hasta el cansancio que, desde el primer día de su presidencia, los precios bajarían, los “criminales” indocumentados serían expulsados en hordas y lo wokenesssería erradicado como una plaga bíblica. Sin embargo, hasta ahora su guerra comercial con medio mundo apunta a una mayor inflación (él mismo no descarta una recesión), las deportaciones de inmigrantes irregulares no superan a las que se realizaron en el gobierno de Biden y resulta ser que, con la excusa anti “woke”, el trumpismo arroja a la hoguera a sus detractores y pretende administrar a su antojo la primera enmienda de la Constitución.

De su furia no se libran ni los jueces, objetos de persecución si pretenden dictaminar con independencia de un Ejecutivo que saca garras de tirano.

Quienes ahora manifiestan sorpresa por este alarmante viraje, en su día eligieron ignorar los signos evidentes en el primer mandato del republicano: su papel en el asalto golpista al Capitolio, su inexplicable alianza con un enemigo de las libertades como Putin, sus manejos inescrupulosos en asuntos empresariales que lo han sentado en el banquillo o sus represalias contra los medios independientes.

Al referirse a Trump, el estratega de la doctrina MAGA, Steve Bannon, fue diáfano en 2017: “Es el cartucho de dinamita para hacer volar el estatus quo”.

A veces, la sorpresa puede ser sinónimo de hipocresía. [©FIRMAS PRESS]

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