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A decir del historiador y escritor israelí Yuval Noah Harari, en su última obra Nexus, la población mundial se encamina a vivir una nueva era de imperios digitales.
El mundo está en presencia ya de la tecnología industrial, y en el Paraguay las discusiones todavía pasan por si se sirve de almuerzo escolar el kure caldo, el guiso o si se usarán sillas “made in China”.
El contexto global está marcado por la aceleración de los cambios tecnológicos y los países de mediano desarrollo enfrentan el desafío de adaptarse a una economía que demanda habilidades altamente especializadas, por un lado, y de habilidades blandas y pensamiento lógico, por el otro.
La escuela secundaria Kudan, ubicada en la capital japonesa Tokio, es un ejemplo de cómo proyectar el futuro, haciéndolo prometedor para las generaciones del mañana.
Sentados cada uno con una laptop, con maestros formados en el rubro -autodidáctas y alejados de política partidaria-, desarrollan la materia programación y economía del hogar.
Es la puerta al futuro. No solo lo saben, están convencidos de ello.
Deben graduarse tras haber desarrollado una aplicación que beneficie a la sociedad. Este plan, que surgió en 2020 y fue readaptado con la aparición de la inteligencia artificial-, es gestionado por una oficina clave, el viceministerio para la innovación en la educación.
A su vez, fíjense lo diminuto que puede llegar a ser un microchip y lo inversamente proporcional que es en importancia. Por lo que no es en vano el auge y la alta competencia de la producción de semiconductores. Estos micro componentes son claves para el funcionamiento de dispositivos electrónicos, tu coche, parte de tu casa y hasta los sistemas de inteligencia artificial que se usan en casi todos los rubros.
Las principales potencias económicas invierten ingentes recursos en su producción e incluso para naciones como Estados Unidos o China se trata de soberanía y seguridad nacional.
Esta carrera por dominar la cadena de suministro de semiconductores subraya el imperativo de contar con un capital humano capacitado en programación, sin ello se está fuera del concierto global de desarrollo.
Para países como Paraguay la educación tecnológica no sólo es un motor de crecimiento económico, sino un pilar esencial para la disminución de la pobreza.
Y es así que las industrias del futuro están indefectiblemente conectadas a la programación y la inteligencia artificial (IA). Estas áreas no solo generan oportunidades laborales, sino que forman parte ya del día a día de la humanidad e impulsan la innovación en diversos sectores.
Invertir en la educación con énfasis en tecnología no es hoy una opción estratégica para el Paraguay, sino una necesidad imperante de manera a garantizar el futuro en el ámbito de la competitividad.
Ese casi “universo paralelo” en el que convergen gestores de la educación es por donde se lo mire lacerante cuando se ve a otros países como Japón enfocar la enseñanza hacia las industrias del futuro, mientras en Paraguay intentan convencer a la población de que el país puede convertirse en un “hub” tecnológico. Se mienten a ellos mismos o entre ellos, tal vez. Falacias.
viviana@abc.com.py