El error de subestimar

A partir del golpe del ‘89, las marchas y manifestaciones populares, antes proscriptas por el régimen, fueron legalizadas en Paraguay. De la mano con esto, se crearon los mecanismos correspondientes para que se llevaran adelante en forma ordenada y pacífica, respetando así los derechos de todos los ciudadanos, tanto participantes de las mismas como no. Y esto, en mayor o menor medida, se viene respetando bastante bien. 

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Las cosas se salieron de control. Cuando, pasados 10 años de la caída de Stroessner, ocurrió el magnicidio del Vice-Presidente Luis María Argaña. ¿Casualidad o causalidad? En esa misma fecha se desarrollaban marchas campesinas en Asunción, y la frustración contenida en las reivindicaciones reclamadas fueron direccionadas, junto a otras fuerzas -que nunca quedaron bien esclarecidas- para sacar del juego a Raúl Cubas y con él, a otro candidato natural que se perfilaba firme en el panorama político. Quizás este traspié llevó a Lino Oviedo a cometer otros errores, pero como sea, su declive político encontró su inicio en el “marzo paraguayo”.

La semana pasada, se llevaron a cabo las marchas de sectores campesinos, de la oposición y otras fuerzas sociales. Estructuralmente, quizás les haya faltado adhesión o fuerza, comenzando por ser muy largas. Finalmente, tres días de marcha ya son casi cansadoras, tanto para los protagonistas como para los espectadores.

Al respecto, los primeros explicaron que no se pudieron “resumir” mejor, debido a que cada fuerza o sector representado buscaba protagonismo con su propio momento de la marcha. Esto es entendible, pero no deja de restarle fuerza a una acción popular que, considerada por su origen y validez de los reclamos, es digna de ser tenida en cuenta.

Equivocados y demasiado pagados de sí: los medios de prensa y personas relacionadas al sector público y otros que buscaron por todos los medios minimizar la marcha, cantidad de participantes y todo lo relacionado a la misma. “No hay enemigo pequeño” reza un refrán español, y nos recuerda la importancia de no menospreciar a nada ni nadie.

Estos burlones asalariados parecen olvidar que de las marchas campesinas surgió con fuerza poco más de dos décadas atrás el nombre de Fernando Lugo, quien sumó en su persona y trayectoria las esperanzas, desilusiones y reivindicaciones de sectores largamente relegados de nuestra sociedad. Y luego de una titánica campaña, a pesar de las burlas e incredulidad de muchos, pudo llegar a las elecciones donde de forma auténtica y con el voto popular fue catapultado hasta el Palacio de los López.

Un par de años después sería depuesto a través de un juicio político exprés, que poco favor se hizo -y nos hizo como imagen país- en relación a la preparación que tenían quienes fungieron de fiscales. Que no haya estado a la altura de lo esperado como Primer Mandatario, permitido pasear y dar órdenes a militares paraguayos dentro del Palacio Presidencial a nada menos que Nicolás Maduro son errores imperdonables. Por ellos pagó. No pagó en cambio -ni ante la sociedad civil como tampoco eclesial- por haber incumplido en forma grosera sus deberes como persona consagrada a la Iglesia. Pero de que ganó limpiamente las elecciones, ganó.

Años más tarde, siendo presidente del Congreso Nacional, volvería a llamar a las fuerzas sociales a realizar marchas de protesta. Finalmente él surgió de allí, y allí se hizo fuerte. De la misma forma en que intentó hacerlo Payo Cubas apenas hace un par de años, con consecuencias que los paraguayos pagamos todos los días.

Las marchas del 25 al 27 pasado se desarrollaron con normalidad, y los manifestantes se comportaron correctamente. Esto ya representa mucho. Y fue una buena oportunidad para dejar la apatía y protestar contra los abusos, que ocurren y seguirán ocurriendo mientras la administración central siga siendo tan permeable a la corrupción imperante.

Pero que nadie caiga en el enorme error de subestimar la paciencia de un pueblo y el poder de la agrupación de la gente. Los procesos sociales más significativos de los últimos dos siglos se iniciaron o potenciaron a partir de manifestaciones sociales que tuvieron distintas motivaciones. Las mismas dieron lugar a hermosos procesos de paz y largos periodos de progreso. O también a conflagraciones que consumieron a naciones enteras. Y todo empezó con una persona que salió a la calle a marchar.

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