Y aunque por cuestiones de corrección política, muchos de los personajes que están aferrados al aparato estatal hace décadas, se muestran abiertos a la participación femenina en espacios de decisión, sus palabras siguen demostrando que en el fondo solo la aprueban mientras no los incomode.
Hace pocas horas escuché al exdiputado Hugo Ramírez denostar contra la supuesta imposición de la candidatura de Soledad Núñez; aunque a renglón seguido aclaró que el rol femenino en la política es importante porque “la mujer tiene ese corazón de madre, tiene un sentimiento más profundo hacia la necesidad de la gente, tiene empatía y es mucho más honesta”.
Posiblemente, tanto Soledad como Johanna Ortega reúnan todas estas características; de hecho, no lo dudo. Sin embargo, cada una de sus conquistas tienen más que ver con su excelente preparación y su coraje; requisitos muy distantes de algunos que las antecedieron.
Algún día debe quedar desterrada esa idea de que somos valiosas solo por los roles que nos fueron atribuidos en una construcción social que ubica al hombre como el líder y a la mujer como mera cuidadora.
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Sí, podemos ser dulces, piadosas y solidarias, pero también podemos liderar, construir, competir y disputar espacios; con nuestra voz podemos denunciar las injusticias del sistema y defender a sus víctimas. Nuestras manos también pueden golpear mesas cuando sentimos que no nos escuchan.
La visión mayoritariamente machista de nuestra sociedad tiene raíces muy profundas, pero esto no debe ser razón para que las mujeres cedamos en nuestra ambición de liderar los cambios; más aún cuando nos sobra capacidad y valentía. Ya va siendo hora de que se hagan a la idea de que podemos ser mucho más que lo que se espera de nosotras.