Antes de 1989, el Paraguay nunca tuvo democracia real. Habíamos vivido —desde nuestra independencia— entre dictaduras, anarquías, caos, tiranías, autocracias; con algunos bolsones de libertad que pronto cedían ante las pasiones incontroladas, los egoísmos sectarios y la violencia devastadora. Cuando no nos mataban los de afuera en las guerras, nos matábamos entre nosotros con una crueldad empedernida.
Los partidos políticos, específicamente los tradicionales, tienen una gran responsabilidad en el desmadre de la intemperancia. Y nunca hicieron una autocrítica madura. Se mantuvieron en su irresponsable y primitiva posición maniquea: “nosotros los buenos y ustedes los malos”. En realidad, poco de bueno ofrecieron al país.
Tras el golpe del general Andrés Rodríguez, y ante un contexto internacional de democracias extendidas —Brasil y Argentina—, nos nació una ilusión: la de una patria nueva, limpia de sinvergüenzas, de ignorantes y filibusteros empotrados en el poder. Con gobiernos henchidos de estadistas que proyectaran al Paraguay como la patria soñada por Carlos Miguel Giménez: “La nación modelo que, por su cultura, se eleve a la altura de todos los cielos”.
Hubo señales del cambio anhelado: En 1991 fue electo intendente de Asunción Carlos Filizzola, férreo opositor a Stroessner, quien al frente de su movimiento Asunción Para Todos, venció a la ANR y al PLRA Para la Constituyente que elaboró la Constitución de 1992, los partidos presentaron candidatos de calidad.
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Las medidas económicas del nuevo gobierno frenaron la debacle en que había sumido al país la propensión criminal al robo de los conmilitones del estronismo, con ministros asombrosamente inmorales como Delfín Ugarte Centurión.
Los estronistas vaciaron los entes públicos. Sus autoridades rapiñaban todo lo que podían, como Feliciano Manito Duarte, un ejemplo rápido. Los aviones de LAP, víctimas de la decadencia y los pasajes gratis para amigos y nepotes del poder, miraban el aire desde abajo; los buques de la Flota Mercante del Estado se pudrían en ríos y mares.
Pero, sobre todo, había que reconstituir lo que se dio en llamar “el tejido moral de la nación”. Eliminar del pensamiento colectivo que robar la cosa pública era solo una “picardía” o que el funcionario era “un ser superior” y no un simple empleado del pueblo.
Pero en esta sinuosa transición, la politiquería se encargó de estrangular la ilusión y secuestrar la esperanza de que todo cambiara realmente.
Nos llenamos de nuevo de personajes funestos y la corrupción siguió siendo un componente esencial de gobierno.
Por encima del goce de las libertades conquistadas, nos queda el estigma de que lo que más se democratizó desde aquel 3 de febrero es el bandidaje. Pareciera que, para “autoridades”, solo elegimos pillastres de todos los pelajes y colores. Patético.
nerifarina@gmail.com