28 de enero de 2026

Al salir del gimnasio, muchas personas no solo se sienten más ligeras o liberadas de estrés. También se perciben más atractivas, seguras y, con frecuencia, con mayor deseo sexual. No es una impresión aislada: detrás de esa especie de “subidón” después de entrenar hay una combinación de mecanismos hormonales, neurológicos y psicológicos que la ciencia lleva años intentando descifrar.

Más allá de los tópicos sobre celos y sexo, las parejas de hombres gay llegan a consulta con cargas específicas: homofobia interiorizada, ausencia de modelos y una negociación constante de lo que significa ser “hombre” en una relación.

Durante años, el dispositivo intrauterino (DIU) ha cargado con una fama ambivalente: muy eficaz, pero doloroso; cómodo, pero “enemigo” del placer. Entre mitos sobre sangrado, hilos que pinchan y hormonas demonizadas, su imagen se sitúa en el cruce entre ciencia, ideología y vida sexual cotidiana.

En los talleres de sexualidad para mayores, una palabra destaca: tantra. Pero lo que muchos imaginan —acrobacias imposibles, cantos esotéricos, exigencias de flexibilidad casi olímpica— poco tiene que ver con lo que hoy se propone a las parejas de larga duración que rondan los 60, 70 o más años.

Viajar por meses, hacer voluntariados o vivir un tiempo en otro país se ha vuelto cada vez más común. En esa vida en movimiento aparecen nuevos amigos, nuevas parejas y, muchas veces, más libertad. Junto con eso, también aumentan los riesgos de infecciones de transmisión sexual (ITS) si no se toman recaudos.

Cuando a una mujer le proponen una ooforectomía —extirpar uno o ambos ovarios— es común que escuche dos mensajes opuestos: que “no es nada” porque “los ovarios ya no sirven”, o que “te arruina la vida”. Ninguno de los dos es cierto.