28 de febrero de 2026

Un día el perro sube al sofá y recibe caricias; al siguiente, un reto. El gato aprende que la mesa “está prohibida”, pero a veces hay premio si se acerca. Estas escenas cotidianas parecen inofensivas, pero para muchas mascotas la falta de coherencia humana no es un detalle: es una fuente de confusión y, en algunos casos, de estrés.

El perro sale del baño oliendo a champú y, en cuanto puede, se revuelca sobre una alfombra, el césped húmedo o —peor— algún resto orgánico de olor intenso. Lo que parece una “venganza” es, en realidad, una conducta común y con varias explicaciones posibles.

La salivación de los perros al ver comida puede ser natural, pero si se vuelve excesiva o se acompaña de otros síntomas, podría indicar problemas graves. Entender cuándo consultar al veterinario es esencial para el bienestar del animal.

La “inteligencia” canina no se mide como un examen escolar: incluye memoria, autocontrol, capacidad de resolver problemas y, sobre todo, lectura de señales humanas. En esa línea, equipos de la Universidad Eötvös Loránd (ELTE), en Budapest, llevan décadas estudiando cognición canina y popularizaron pruebas simples —basadas en experimentos de laboratorio— que pueden adaptarse al hogar para observar cómo piensa un perro en situaciones cotidianas.