
Entre picos nevados, pistas perfectamente trazadas y hoteles que miran al valle como si fuesen miradores privados, Courchevel y St. Moritz se disputan, invierno tras invierno, un lugar privilegiado en el imaginario viajero. Dos nombres que evocan glamour alpino, pero también dos estilos distintos de entender la temporada de nieve más sofisticada de Europa.

A primera vista, cuesta creer que esta franja de arena blanca y aguas turquesas forme parte del desierto más árido del mundo. Bahía Inglesa aparece como un espejismo junto a la costa de la Región de Atacama: una sucesión de caletas tranquilas, formaciones rocosas esculpidas por el viento y el mar, y un pueblo que, en pocas décadas, pasó de ser casi anónimo a uno de los destinos de playa más codiciados del norte de Chile.

En un Caribe repleto de postales perfectas, Seven Mile Beach, en la isla de Gran Caimán, se ha ganado una reputación que roza el mito: la de ser no solo una de las mejores playas del mundo, sino la mejor playa de arena de coral de la región.

Mientras Máncora concentra hace años los reflectores del turismo de sol y playa en Perú, cientos de kilómetros de litoral siguen pasando casi desapercibidos. Son caletas de pescadores que resisten la urbanización acelerada, bahías protegidas por áreas naturales y rincones donde todavía es posible caminar varios minutos sin cruzarse con nadie.

Cada verano, cuando el calendario marca enero y el termómetro se instala por encima de los 25 grados, una peregrinación casi ritual se repite en la costa atlántica argentina: miles de familias, grupos de amigos y parejas vuelven a Mar del Plata. Y dentro de ese mapa afectivo, hay un punto que se repite en los relatos de distintas generaciones: Playa Grande.

En el corazón semiárido de Brasil, el Parque Nacional Serra da Capivara desafía la narrativa tradicional sobre la ocupación de América con arte rupestre que data de hace 25.000 años, convirtiéndose en un faro de investigación y desarrollo local.