14 de enero de 2026

Durante miles de años, los perros fueron seleccionados sobre todo por lo que podían hacer: cazar, guardar, pastorear, tirar de trineos. Hoy, en cambio, muchos se eligen por cómo se ven: hocicos chatos, patas cortas, pelajes abundantes o colores poco comunes. La transición entre un perro de trabajo y un perro de “diseño” no fue casual. Ocurrió, en buena medida, en un momento muy concreto de la historia: la época victoriana.

En las entrañas de Pompeya, un antiguo mosaico con la advertencia “CAVE CANEM” revela cómo hace dos mil años los romanos ya comprendían la dualidad del perro: guardián y símbolo, reflejando una compleja interacción entre seguridad y estética en su vida cotidiana.

En la vorágine del barro y el caos, los héroes de cuatro patas corrieron donde humanos temieron andar. Durante la Gran Guerra, estos caninos, a menudo olvidados, se convirtieron en salvavidas, mensajeros y, sobre todo, en aliados de la supervivencia.

En cada ola de calor, las redes se llenan de advertencias para “no sacar al perro a las horas centrales del día”. Pero para ciertos animales, el riesgo no se limita al paseo ni al sol directo. En razas braquicéfalas —como Bulldogs, Pugs o Boston Terriers— el simple hecho de permanecer en un piso caluroso, un coche mal ventilado o una habitación sin refrigeración puede convertirse en una emergencia médica en cuestión de minutos.

Los perros se han adaptado a vivir entre ruidos constantes, horarios cambiantes y espacios reducidos. Pero esa “vida moderna” también tiene un impacto silencioso: cada vez más veterinarios y etólogos reciben consultas por perros que no descansan bien, muestran irritabilidad o parecen “siempre encendidos”.

Un nuevo estudio revela que un selecto grupo de perros “superdotados” puede aprender nombres de juguetes al escuchar conversaciones ajenas, similar a los niños de 18 meses. Hallazgos sorprendentes retan nuestras percepciones sobre la cognición canina y humana.