17 de marzo de 2026
Desde su creación en 1991 con el Tratado de Asunción, el Mercosur ha sido uno de los proyectos de integración más ambiciosos de América Latina. Concebido como un mercado común entre Argentina, Brasil, Paraguay y Uruguay –con Bolivia posteriormente incorporada y Venezuela hoy suspendida, y otros países asociados–, el bloque buscó articular una estrategia compartida de desarrollo, comercio e inserción internacional. El seguro, por su naturaleza transversal a la actividad económica, ocupa un lugar central en este proceso, sin embargo, el mercado asegurador sigue fragmentado por marcos regulatorios nacionales divergentes, políticas proteccionistas y ausencia de una autoridad supranacional que coordine estándares comunes. Esta situación contrasta con la experiencia de la Unión Europea, donde el sector asegurador logró consolidar un mercado único con reglas armonizadas y reconocimiento mutuo de normativas. En el Mercosur, en cambio, cada país mantiene su propio régimen regulatorio (unos más que otros), lo que dificulta la operación transfronteriza de las aseguradoras y limita la competencia regional sobre todo en materia de armonizar coberturas y riesgos.
El seguro ocupa un lugar decisivo dentro de la economía de un país, pero su auténtica función económica suele pasar inadvertida. Detrás de cada póliza hay un mecanismo clave de previsión, estabilidad y sostenimiento del sistema productivo. Dentro de sus roles, no evita que ocurran los hechos dañosos, pero sí evita que sus consecuencias se transformen en daños patrimoniales, quiebras empresariales o conflictos sociales, transformando eventos imprevisibles en “costos previsibles”, y esa sola actividad lo vuelve casi indispensable. Partiendo del riesgo derivado de la incertidumbre, toda decisión económica se toma bajo condiciones de incertidumbre. Invertir, producir, transportar, construir o prestar servicios implica asumir riesgos. El problema no es la existencia del riesgo —que es inherente a la actividad humana— sino su impacto cuando este se materializa, y es que, un incendio, un accidente grave, o una catástrofe natural pueden borrar en horas el esfuerzo de años. El seguro aparece, entonces, como una herramienta racional de gestión del riesgo. Permite distribuir las pérdidas entre muchos y evitar que recaigan de manera concentrada sobre uno solo.
El seguro a primer riesgo representa una modalidad práctica y accesible dentro del contrato de seguros, diseñada para ofrecer una protección eficiente sin la complejidad de coberturas totales. En esencia, este tipo de seguro establece un límite máximo de indemnización acordado entre el asegurado y la aseguradora, conocido como suma asegurada, que actúa como un techo para cualquier siniestro.
El seguro es por naturaleza preventivo e indemnizatorio. Una vez que el asegurador procede a indemnizar el siniestro, adquiere o se subroga en los derechos y recursos de reclamar al tercero responsable el importe de la indemnización pagada. La subrogación es consecuencia del principio indemnizatorio y este derecho se aplica a las pólizas que constituyen contratos de indemnización, en tanto no se aplica a los seguros de personas. Su espíritu está por un lado proteger el patrimonio del asegurador, salvaguardando el principio indemnizatorio e impidiendo así que el asegurado perciba una doble indemnización, del asegurador, por un lado, y del tercero responsable, por el otro, y por otro lado tutelar el criterio de responsabilidad civil, que al no reclamar al tercero responsable, este queda exonerado, incumpliendo así con su obligación de responsabilidad.
¿Tiene lógica lo que estamos asegurando y cómo lo estamos asegurando? Ante esta pregunta, el sentido común es la primera línea de defensa. Un posible asegurado solicitó una propuesta de seguro para un pequeño restaurante con una suma asegurada muy superior a su valor real. El suscriptor notó esa discrepancia y su criterio o sentido, sumado a su vasta experiencia, le daban señales de que algo no estaba encajando. La primera pregunta vuelve a ser la misma: ¿Por qué alguien aseguraría un riesgo por dos veces su valor real? La revisión posterior reveló señales de alerta: problemas financieros del restaurante y un historial de reclamaciones dudosas. El sentido común activó un análisis más profundo que ningún algoritmo habría detectado. La póliza por supuesto no se emitió. Y semanas después, otra compañía sufrió un siniestro en ese mismo local.