31 de enero de 2026
El seguro ocupa un lugar decisivo dentro de la economía de un país, pero su auténtica función económica suele pasar inadvertida. Detrás de cada póliza hay un mecanismo clave de previsión, estabilidad y sostenimiento del sistema productivo. Dentro de sus roles, no evita que ocurran los hechos dañosos, pero sí evita que sus consecuencias se transformen en daños patrimoniales, quiebras empresariales o conflictos sociales, transformando eventos imprevisibles en “costos previsibles”, y esa sola actividad lo vuelve casi indispensable. Partiendo del riesgo derivado de la incertidumbre, toda decisión económica se toma bajo condiciones de incertidumbre. Invertir, producir, transportar, construir o prestar servicios implica asumir riesgos. El problema no es la existencia del riesgo —que es inherente a la actividad humana— sino su impacto cuando este se materializa, y es que, un incendio, un accidente grave, o una catástrofe natural pueden borrar en horas el esfuerzo de años. El seguro aparece, entonces, como una herramienta racional de gestión del riesgo. Permite distribuir las pérdidas entre muchos y evitar que recaigan de manera concentrada sobre uno solo.
En el seguro, cada póliza, con sus cláusulas, exclusiones y coberturas que hoy parecen tan obvias nacieron de un evento que alguna vez sucedió: una inundación que nadie esperaba, un fallo estructural improbable, un incendio impensable, un accidente que expuso un vacío legal. Ese conjunto de experiencias, algunas complejas y mediáticas, otras silenciosas, constituye lo que se da en llamar la memoria del riesgo: un archivo “vivo” de todo aquello que el mundo ha aprendido a enfrentar, corregir, reparar y prevenir. Sin esa memoria del riesgo, las pólizas serían frágiles, incompletas e incapaces de proteger lo que realmente importa. Con ella, en cambio, la industria del seguro tiene la capacidad de anticiparse incluso a escenarios todavía inexistentes y reinterpretar el pasado, como una forma de evitar que un daño ya conocido se repita con la misma crueldad. Así, un gran incendio urbano obligó a crear las primeras reglas modernas de aseguramiento contra fuego; una oleada de naufragios perfiló las primeras tablas actuariales marítimas; una crisis financiera introdujo cláusulas nuevas sobre responsabilidad de directivos; una pandemia despertó un debate mundial sobre exclusiones que antes parecían hipotéticas. La memoria del riesgo es en esencia entonces, historia y estadística.
El seguro ha tenido que evolucionar como actividad milenaria y como un mecanismo de reducir el inevitable temor y la ansiedad hacia lo incierto y lo desconocido desde sus primeros vestigios hacia el año 5000 a. C. en China hasta la actualidad. Tuvo que acompañar el avance y la modernización de los procesos evolutivos en los distintos escenarios que intervinieron la costumbre y la inteligencia humana. Así, la industria aseguradora vivió bajo la premisa de que los riesgos podían clasificarse, modelarse y anticiparse con relativa estabilidad.
La violencia pública que trae aparejados disturbios civiles se está incrementando a nivel global, debido a las tensiones geopolíticas y los efectos derivados de los conflictos crónicos en todo el mundo. Estos hechos de disturbios civiles pueden incluir desde una bomba pirotécnica hasta daños a viviendas, vehículos e instalaciones públicas en un mismo punto o en varios al mismo tiempo en un país. Constituyen riesgos difíciles de determinar en cuanto a sus alcances, pudiendo considerarse desde hechos que causen daños aislados o secuencia de situaciones de alcance malicioso. Muchas pólizas estándar excluyen o limitan la cobertura en casos de riesgos políticos o disturbios civiles, requiriendo pólizas específicas o cláusulas adicionales que cubran estos eventos.
Cada historia tiene un punto de origen, un comienzo, un punto de inflexión, un instante decisivo que marca el inicio de algo trascendente. En el universo del seguro ese instante le podemos dar el nombre simbólico de el Big Bang del seguro. Es el momento en que el individuo –movido por la reflexión, la experiencia vivida o simplemente el instinto de supervivencia– toma conciencia del riesgo y decide protegerse frente a él. No se trata de una simple transacción económica o algo puramente material, sino de un acto profundamente humano: el despertar de la conciencia de vulnerabilidad y la elección deliberada de buscar su seguridad y la de los suyos.
La contaminación del medioambiente es un problema que se hace cada vez más visible. Los daños ecológicos causados por la contaminación, sea esta del aire, del agua, o del suelo, pueden originar desembolsos de altísimas sumas de dinero que se deben invertir si se quiere retrotraer la situación a la existente antes de la ocurrencia del daño contaminante. Por ejemplo, un derrame de combustible en la costa del río o un vertedero de sustancias tóxicas en las aguas que abastezcan las necesidades de una población, o en la acción de los residuos procedentes de refinerías o industrias químicas en los suelos agrícolas aledaños, etc., son situaciones que en algún momento las hemos tenido o se están registrando en algún punto del país.